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Old 03-10-2002, 05:03
<Mara>
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La jerarquia Catolica

¿La Jerarquía Católica al lado de las mejores causas?


Respondiendo a una corriente de pensamiento propia de las élites criollas, el dueño de un canal local de televisión, expresaba su extrañeza por el comportamiento mostrado por la Iglesia Católica en la actualidad, aduciendo que ésta siempre se ha colocado al lado de las mejores causas. Hablaba, por supuesto, no de la Iglesia tomada de conjunto, sino de su Jerarquía. Pero ¿cuál ha sido en realidad el proceder que, históricamente, ha definido a esta fuerza eclesiástica?

Del dominio colonial a la independencia
Durante la dominación española, el clero católico lejos de servir, al menos, para suavizar el yugo colonial, fue parte esencial del mismo. Actitudes como las que asumieron en defensa de los aborígenes Las Casas en Nicaragua, Montesinos en Santo Domingo y Claver en Cartagena, fueron la excepción y no la regla. Tentada por la codicia, la mayoría de los miembros del clero fue cómplice de los despojos a los naturales; de que se les persiguiera y diera caza como a fieras, se les redujera a la esclavitud, se les violara a sus mujeres y se les despojara de sus hijos (Gámez, 1955: 118-119, 127, 129,196). Para el despojo colonial, marcharon juntas la espada y la cruz. (Galeano, 1973: 31).
Los religiosos supieron aprovechar con habilidad las calamidades naturales para infundir temor a Dios entre los aborígenes. Y para imponerles el cristianismo recurrían a las creencias que los mismos poseían. No es fortuito que la virgen de Guadalupe apareciera exactamente en el lugar en el que, en México, los aborígenes rendían culto a la madre de su dios Tonantzin (Wittman; Kiadó, 1980: 95, 97).
Al clero de la época lo caracterizaron, asimismo, sus constantes y estremecedoras polémicas y su marcada tendencia a imponerse sobre el poder seglar. Los obispos actuaban como reyezuelos, tan déspotas e insoportables como los gobernadores españoles, con quienes compartían el fruto del saqueo o con quienes entraban en contiendas escandalosas para disputarles “honores, jurisdicción y lucros” (Gámez, 1955: 167, 195).
El clero deseaba aumentar su poder a costa de los puestos destinados a la autoridad civil, lo que, en 1601, empujó a Felipe II a expedir una ley en la que mandaba que no hubiera en las Indias clérigos que pudieran ser electos alcaldes, abogados o escribanos. Sintiendo lastimados sus intereses mundanos, el clero no respetaba a nadie; de modo que todo aquel que se cruzaba en su camino, fuese gobernador, obispo o Papa, era blanco de sus ataques (Ayón, 1956: Tomo II, 10-11, 262).
No extraña que al clero se le viera constantemente involucrado en revueltas militares y en crímenes, como el de 1727, en León, contra el Gobernador Poveda. Los asesinos huyeron, permanecieron ocultos a la justicia. Y aunque nadie se hubiera atrevido entonces a acusar al Cabildo Eclesiástico por este hecho sangriento, entre las personas de buen juicio, más de una lo inculpó por ser la única fuerza que conspiraba, la única que temía a las disposiciones de Poveda y la única que estaba interesada en su muerte (Gámez, 1955: 207-208).
El clero no sólo se inmiscuía en la administración de la cosa pública, era asimismo parte esencial del poder económico. En los años treinta del siglo XVIII, tan sólo en Rivas, este elemento social cobraba un diezmo de cuarenta mil libras de cacao, una cuantiosa primicia y el beneficio de varias capellanías. Al concluir el siglo, el clero era el único sector que podía jactarse por la prosperidad de sus rentas, las que no bajaban de cuarenta y cinco millones de pesos (Gámez, 1955: 210, 249). Humboldt testimonia que al menos la mitad de los bienes raíces y del capital total de México, pertenecía a la Iglesia Católica, la que, además, mediante hipotecas, controlaba buena parte del resto de las tierras (Galeano, 1973: 47).
Cuando en enero de 1812 el pueblo de Granada se insurreccionó en contra de las autoridades coloniales, José Antonio Chamorro, nuevo Cura y Vicario de la ciudad, hizo circular una proclama en la que expresaba su adversidad hacia los independientes. En ella decía que, al insurreccionarse, éstos habían desobedecido a los empleados españoles y al mismo Rey de España y que, con ello, se habían vuelto transgresores de las leyes y traidores “á Dios, á la Religión, al Rey y á la Patria”. Los llamaba traidores a Dios porque, a su entender, habían “menospreciado la multitud de textos de la Divina Escritura, que nos manda obedecer sin réplica a los reyes nuestros señores”.
En contraste con esta actitud, el padre Benito Miguelena, en diciembre de 1811, había sido promotor y principal representante de la insurrección en León y en otras poblaciones de Nicaragua. Fue él quien: combinó el plan de levantamiento popular en esa ciudad; redactó las peticiones del pueblo a la junta Gubernativa; hizo posible, con su actividad, el vínculo entre los revolucionarios de la capital de la provincia con los de Granada, Chontales y Segovia (Ayón, 1956: 464-465, 484)
Al estallar la lucha independentista en México, en Centroamérica, se quiso ocultar toda noticia al respecto. Fracasado este propósito, los hechos se desfiguraron: a los patriotas se les pintaba como monstruos; se les vinculaba con Napoleón, quien, a través de agentes secretos, los acaudillaba con pretensiones, se afirmaba, de destruir el culto católico, convirtiendo los templos en caballerizas, degollando a los sacerdotes, violando a las vírgenes y profanado los vasos sagrados del culto. Para hacer más creíbles estos infundios, se simularon milagros, castigos del cielo, se practicaban excomuniones, buscando así que los pueblos despreciaran a los patriotas (Gámez, 1955: 259).

De la independencia a la invasión de William Walker
Después de la independencia, la actitud de los clérigos no sufrió modificaciones esenciales. En 1828, a fuerzas clericales opuestas al Gobierno de Dionisio Herrera, tras ser derrotadas, se les encontraron miniaturas y bustos de Fernando VII de oro, plata y bronce, con un letrero que decía “Viva Fernando VII, Rey de España y de las Indias” (Gámez, 1955: 363).
El Gobierno federal centroamericano -presidido desde 1830 por Francisco Morazán- aprobó una ley que establecía la prohibición de enterrar en las iglesias por razones de higiene y sanidad. Los clérigos -que en buena parte actuaban en contra de la existencia de la Federación- interpretaron el asunto como que, con ello, se privaba a los difuntos del derecho para estar con Dios en su propio templo. La distribución de medicamentos también fue malinterpretada: casos hubo en que muchedumbres fanatizadas obligaron a los médicos o a los enfermeros a tomar públicamente los medicamentos que llevaban, provocando con ello su muerte frecuente, lo que, a su vez, se estimaba por los eclesiásticos como señal de que el Gobierno federal quería envenenar a los pobladores (Grigulévich, 1988: 133).
Al producirse la erupción del Cosigüina el 20 de enero de 1835, la población espantada por el hecho, corrió a los templos, donde los clérigos atribuyeron el fenómeno a la ira celeste. En 1837, una epidemia de cólera desatada en la Villa de Santa Rosa, distrito de Mita, Guatemala, fue atribuida por las masas indígenas al envenenamiento del agua de cañerías, por parte de los emisarios del gobierno de Morazán, a quien el clero estimaba un moderno Diocleciano, hereje y masón. No asombra que soliviantadas por algunos religiosos, esas masas se lanzaran abiertamente al campo de la guerra civil. En estas luchas contra Morazán sobresalió el indio Rafael Carrera, instrumento del que se valió el ex-marqués Aycinena para “cortar el nudo federal de Centroamérica”. Para colmo de males, ocho días después de que, en 1842, en Costa Rica, Morazán fuera fusilado, el clérigo Blanco, desenterró sus restos para cerciorarse de que estaba efectivamente muerto (Gámez, 1955: 361, 380, 390, 413).
Trinidad Muñoz, un maquiavélico consumado, convertido en Comandante en Jefe del Ejército de Nicaragua ad vitam, en alianza con el obispo Viteri, un acérrimo enemigo de la Federación Centroamericana, el 4 de agosto de 1851, dio un golpe de Estado contra el Director de Estado Laureano Pineda. El acta en que se desconoció a este Director fue ratificada por algunos miembros del Cabildo Eclesiástico de León. El Ejecutivo fue confiado entonces al Senador Abaunza, quien fue manejado como fantoche por Muñoz -que llevaba al país a la dictadura- y por el obispo Viteri -que lo conducía al separatismo (Gámez, 1955: 475-476).
Cuando William Walker y sus filibusteros invadieron Nicaragua en 1855, el clero lejos de escandalizarse por la presencia de elementos protestantes, se convirtió en un humilde cortesano de esas fuerzas invasoras. A sus representantes se les vio, con frecuencia, en las antesalas de Walker, como esperando la ocasión de entrar para felicitarlo por el “bien” que estaba haciendo a Nicaragua. Más aún, le entregó las alhajas de los templos para que comprara elementos de guerra. Y sus más connotados representantes, como el Padre Agustín Vigil de Granada, agotando el lenguaje de la adulación, lo llamaban “Ángel tutelar” y “Estrella del Norte”. Por algo, en abril de 1856, Walker nombró a Vigil Ministro Plenipotenciario de Nicaragua ante el Gobierno estadounidense. Vigil, por su parte, se hizo acompañar de un tal Sigaud, a quien se acusaba de robos y falsificaciones. Y cuando se verificó la elección presidencial de Walker, el 12 de julio de 1856,Vigil representó al clero católico en el acto (Gámez, 1955: 520, 538, 544).
Si sorprendía que tantos hombres se vanagloriaban por la entrega de Nicaragua a las huestes de Walker, admiraba mucho más “que la cabeza del clero y parte de él felicitase tan horrible transición [la que puso la presidencia de Nicaragua en manos de Walker] que iba a reducirle a la más completa nulidad”; porque con ello se establecerían todas las creencias religiosas, ”y desde luego el Catolicismo iba a verse reducido a una triste minoría”. Agradeciendo al clero, el jefe filibustero escribió: “En Dios pongo mi confianza del éxito de la causa en que estoy comprometido [...]. Sin su ayuda, todos los esfuerzos humanos son ineficaces, pero con su divino auxilio unos pocos pueden triunfar de una legión” (Pérez, 1975: pp. 179-180). Walker confiaba, así, en que las acostumbradas prédicas de la Iglesia oficial en favor de la mansedumbre social condujeran al triunfo de su perversa causa.

Del período de los treinta años a la gesta de Sandino
Durante los treinta años de dominio conservador (1862-1893), por su “influencia en todas las clases sociales”, asunto vital para “la paz del Estado” (Arancibia, 1974: 402), el clero católico gozó de grandes privilegios económicos, políticos y sociales, que de golpe fueron suprimidos por el régimen burgués nacionalista de Zelaya y Madriz (1893-1910). Y al contrario de lo que se ha sostenido sobre todo en los círculos eclesiásticos, la férrea oposición de la Iglesia oficial contra ambos gobernantes no tuvo un fundamento religioso, sino económico. Dicho régimen incorporó un gran número de tierras ociosas y subutilizadas a la producción cafetalera, incrementó la fuerza laboral, dispuso la separación de la Iglesia respecto al Estado y estableció la tolerancia religiosa. La Iglesia se vio privada de la posesión de tierras (manos muertas), del control que había ejercido sobre los centros de enseñanza, nacimientos, defunciones, matrimonios, así como de la posibilidad de adquirir fondos del Estado o del cobro de diezmos y primicias. Sus privilegios anteriores fueron, por consiguiente, abolidos por la constitución liberal de 1894 (Romero, 1980: Tomo I. 30-31).
El desmantelamiento del viejo aparato estatal le costó al poder encabezado por Zelaya la animadversión de los conservadores y la Iglesia, genuinos representantes de la oligarquía terrateniente. Los enemigos del régimen liberal estimaban que éste se había divorciado de la "opinión nicaragüense en la cuestión religiosa” y que la nueva constitución había implantado la "persecución religiosa”. Todo porque en la nueva Carta Magna se establecía que, en Nicaragua, no se podía "legislar protegiendo ninguna religión, ni prohibiendo su libre ejercicio" y que la ley no amparaba las asociaciones que constituyeran un poder que obligara “a una obediencia ciega contraria a los derechos individuales” o que impusiera “votos morales de clausura perpetua”. En correspondencia con sus ideas adversas al Zelayismo, “los sacerdotes desde los púlpitos invitaban a sus feligreses a la desobediencia civil; sus prédicas estaban destinadas a promover un cambio de gobierno y el retorno del conservatismo en el poder” (Morales, 1987: 34).
Las acciones de José María Moncada como presidente de Nicaragua (1929-1932) -que en fin de cuentas eran las que la intervención estadounidense dictaba-, contaron con la bendición de la Iglesia Católica de entonces, en la figura de Monseñor Lezcano y Ortega, Arzobispo de Managua. En este sentido, la Jerarquía Eclesiástica presentaba como patriotas a los oficiales de la Guardia Nacional. Tal fue su proceder, por ejemplo, en la ceremonia de graduación de cadetes de junio de 1931 (Recuerdos de la Academia Militar de Nicaragua, 1931: 65-66).
Azaharías H. Pallais, filósofo y sacerdote, representando un sentir por completo opuesto al de la Iglesia Católica oficial, en una conferencia, ante ciento cincuenta cadetes de la nueva y vieja Academia Militar, expresó: la Guardia Nacional debe dejar de ser la continuación del ejército de ocupación para convertirse en una fuerza castrense profesional, digna y decente que, con respeto y abnegación, sirva a sus compatriotas dentro de los marcos de la justicia social del cristianismo (Arana, 1979: 130).
Y mientras Moncada pintaba el dominio estadounidense como una ley biológica a la que no es posible oponerse de ninguna forma (Moncada, 193?: 138-139), Monseñor Simeón Pereira, asumiendo una actitud muy distinta a la que la Iglesia jerárquica acostumbraba, en 1921, con motivo de la intervención estadounidense contra Nicaragua, envió una carta al Cardenal James Gibssons, Arzobispo de Baltimore, en la que esencialmente expresaba:
“La conquista no solamente se extiende a las finanzas, a la política [...] sino que invade los serenos campos de la conciencia […] Fuertemente vinculados los intereses del Gobierno de Nicaragua con particulares intereses de nuestro País, se aprovecha este nexo para dar acogida a los que llegan quizá [...] como favorecidos, y favorecedores a su vez de planes financieros y políticos [...] Quizá se alegue como pretexto para retener en nuestro País la fuerza armada de los Estados Unidos el que se diga que ésta es garantía de Paz en la República [...] que haya un entendimiento entre nuestra Patria y la nación estadounidense; pero que este sea siempre sobre la base de la equidad y de los mutuos intereses; que no afecte en nada a nuestra religión, a nuestra libertad, a nuestra autonomía, a nuestro idioma; que no trate de deprimir a nuestra raza...” (Pereira, 1979: 19-21).
Se sabe con certeza que a lo largo de la gesta guerrillera de Sandino (1927-1933), el clero se puso abiertamente en favor de los interventores yanquis. El héroe de Las Segovias, en carta del 12 de mayo de 1931, dirigida a José Hilario Chavarría, expresaba justamente eso, agregando que esa fuerza había sido la creadora de la guerra. Y, en carta al coronel Abraham Rivera del 22 de febrero de 1931, planteaba que cuando sus fuerzas patrióticas llegaran a controlar militar, civil y religiosamente a Nicaragua, tendría “lugar entre nosotros un análisis de todo lo que nos estorbe, para el progreso humano, y eso será barrido por nosotros con escobas de bayonetas. En esta ocasión me refiero a los sacerdotes que están en el Río Coco”. (Sandino, 1984:Tomo 2, 163, 175). El servilismo de los jerarcas del Catolicismo con el interventor imperialista fue tan escandaloso, que las quejas contra el mismo llegaron a oídos del Papa Pío XI (Gilbert, 1979: 208).

De la era somocista a la actualidad
Casi toda la era somocista -durante la que predominaron el crimen, la persecución, la cárcel, la tortura, el latrocinio, el entreguismo, la demagogia, el fraude electoral y la corrupción oficiales- transcurrió, si no con el beneplácito de la Jerarquía Católica, al menos, con su silencio cómplice. Debe exceptuarse la década del setenta, cuando los fuertes antagonismos del país la llevaron a asumir, por primera vez, una posición beligerante en contra del régimen dictatorial (López; Arríen, 1978: 125-138). Ello no impedía a algunos de sus máximos exponentes asumir actitudes claramente complacientes, como cuando Monseñor Schlaefer, en mayo de 1975, en una carta, expuso su satisfacción con las explicaciones que Somoza dio respecto a la desaparición de más de cien personas en Matagalpa, Ocotal y Siuna (Schlaefer, 1978: 91). Asombra, por otra parte, que Obando y Bravo, como máximo representante de la Iglesia percibiera a plenitud el carácter genocida de la dictadura somocista sólo cuando el pueblo nicaragüense estaba a punto de derrocar a ese régimen que, de hecho, se había iniciado el 21 de febrero de 1934, con el asesinato de Sandino.
En efecto, en una entrevista que ofreciera al periódico El País, en 1979, el Arzobispo de Managua declaró: “La ma
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  #2  
Old 04-10-2002, 15:16
El Araña El Araña esta Desconectado
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Esta algo extenso tu escrito. solo lei un poco, pero en resumen tienes razon........
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  #3  
Old 04-10-2002, 15:33
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yeseniaidabruma yeseniaidabruma esta Desconectado
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  #4  
Old 04-10-2002, 15:34
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marita te quise enviar una imagen pero no pude...luego aprenderé y te la envio
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  #5  
Old 04-10-2002, 15:35
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yeseniaidabruma yeseniaidabruma esta Desconectado
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  #6  
Old 06-10-2002, 06:34
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Nube Nube esta Desconectado
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Holas yesenia....creo esta es la imagen que deseabas poner..
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" El mar se mide por olas,
el cielo por Nubes
nosotros por lágrimas "
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  #7  
Old 06-10-2002, 14:40
<yesenia>
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si nube, gracias por ponerla, y a ver si me enseñas a poner imagenes en los foros, aún no aprendo.
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  #8  
Old 03-09-2005, 19:52
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Este Va En Religiones...que No Sr .administrador?
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  #9  
Old 03-09-2005, 21:02
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Mensajes: 308
sip.. gracias.

la proxima envialo por privado al moderador o a mi.

Gracias!
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  #10  
Old 04-09-2005, 12:59
Avatar de VYCKY
VYCKY VYCKY esta Desconectado
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Mensajes: 89
Gracias a ti.
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